La Vero me obliga a hacer cosas que contrarían mi naturaleza, y que accedo a realizar porque es tan mandona que si no es peor. Veamos algunas de ellas:
1. Llevar a su primito Jacobo a todo tipo de sitios diciendo que tiene 6 años para no pagar la entrada de turno. El chaval gasta un mostacho pelusón importante, y está más pajeado que mi perro Paco, y allí estoy yo:
"Hola, el pedazo de birgardo este que le está mirando a usted las tetas, señorita, es un niño de 5 años, así que deme sólo dos entradas de adultos". Joder tío, pajéate, pero no le mires las tetas a la de la taquilla, que sospecha de tu adolescencia morcillona y empanizante.
2. Ir a
"descambiar" cosas (como ella dice) a tiendas de barrio donde nunca quieren devolverme el dinero. A veces me dan un vale para comprar en la misma tienda, pero eso no le sirve a la Vero, por lo que al principio tiraba el vale y le daba yo mi dinero para que no me regañara. Ahora ya ni siquiera voy a la tienda: tiro el producto y pago su precio. Punto.
3. Llevarme la tarrina de barro de algunos postres en los restaurantes. Son esos postres que vienen congelados (chelado de coco con cáscara incluida, un limón relleno de helado..., etcétera). La Crema Catalana, el requesón con miel y la nata con nueces traen recipiente de barro. Yo nunca quiero llevármelos, pero me obliga.
4. Hacer
"llama-cuelgas" a los móviles de mis amigos, para que me llamen ellos y no gaste yo. Realmente ya no logro mirarles a los ojos.
5. Ir a el Corte Inglés, comprarme un traje para Noche Vieja y la semana siguiente devolverlo aduciendo que me sienta mal. Esto es terrible. Los dependientes no discuten, pero me miran a la cara pensando:
"Capullo, sabemos de qué vas, gorrón".
6. Ir en Nochevieja con sus primos, mi cuñado Tote y algunos otros seres alucinantes a discotecas industriales ubicadas en polígonos industriales del sur, donde me veo obligado a bailar hasta las 9 de la mañana, ebrio de garrafón, con los huevos estallando de verle el canalillo a mi Vero, y con el Tote colgado de la chepa potando cada dos por tres y haciendo sonar con estrépito una trompeta en mi oído.
7. Ir a la caseta de obra a intentar
"sacarle más cosas" al constructor, apelando a agravios absurdos que exigen compensaciones impensables:
"Como no me pueden poner los azulejos "Fantasía", pos póngame gratis la celosía del cuartito". Mire, no, eso no va así. Paso una vergüenza horrible.
8. Ir a restaurantes horteras que se supone que pertecen a o son frecuentados por famosos casposos:
"Vamos a un garito que me ha dicho la Pili que es de Bardem, y a lo mejor lo vemos". O
"vamos a un sitio que es de Jesús Vázquez".
9. Hacer fotografías de los banquetes navideños
("manjares"): fuentes de cigalas, platos de salmón, bandejas de canapés con caviar falso. Yo siempre pienso:
"Los langostinos no sonríen, quizá porque son congelados". Creo que esa costumbre de retratarse con enormes comilonas es una reminiscencia de los tiempos de hambre, conjurada con semejante muestra de opulencia y prosperidad.
10. Dejar siempre abandonado a mi perro Paco, y sugerirme que lo lleve a sacrificar para que no estropee la casa:
"Muerto el perro, se acabó la rabia", dice la tía. ¿Rabia? Rabia eres tú.