Hasta la vuelta
Me voy al cámping. Si no vuelvo, es que me habré suicidado en la tienda de campaña con un camping-gas. Que tengáis un estupendo verano.
Alguien ha llegado a mi página, no me preguntéis por qué, buscando lo siguiente: "gordas canosas", "lavativas", "quiero ver a mister tetas", "kéffir" y "fotos de piernas velludas". Si buscaban a Almodóvar, ¡¡¡¡¿Qué hacen en mi página?!!!!
Sanchiguarro me espanta cada vez más. Hoy he sentido vértigo mientras caminaba por allí: la acumulación indiscriminada de torres y más torres, sin una sola sombra, sin asomo de comercio alguno, sin más zonas verdes que las que se niegan a florecer, sin gente, sin perropacos, sin niños... un horror absoluto. Hay lugares en las ciudades que tienen encanto por su paisanaje, como los barrios de toda la vida (Carabanchel, Usera, Tetúan, Aluche, Campamento, Batán, Chamberí, Moratalaz...); a otros la gracia les viene de una cierta épica de la ciudad pura y dura, de cemento y hierro, que repica el devenir de la civilización moderna, mientras filtra los rayos de un sol impaciente a través de sus rascacielos (Castellana, Orense, Azca...); y a otros en encanto les nace de su carácter histórico (Austrias, La Florida, Sol...). Pero, ¿DÓNDE TIENE EL ENCANTO SANCHIGUARRO? Como no sea en el Cortinglés, no lo sé. Sanchiguarro tiene el espíritu de una bolsa del Carrefour, la gracia de un saco de yeso, la estética de una ciudad fantasma siberiana. Pero sus orgullosos habitantes tenemos un secreto: "¡Nos valió 20 y ya vale 45!"
Ayer estuve en el concierto de Bob Dylan gracias a que un abigarrado ejecutivo con corbata que según me relata el padre de la Vero no dejaba de hablar con grandes risotadas por el móvil, se dejó dos pases VIPS en el taxi. El padre de la Vero jamás devuelve nada que se deje alguien, faltaría más, y mucho menos en un caso como este en el que el tipo en cuestión se atrevió a pedir que pusiera el aire acondicionado. Eso es un insulto: gasta. El caso es que fui con la Vero, que no tenía ni puta idea de quién era este cantante, pero era gratis, y el Perropaco metido en una mochila. El tipo debía de ser alguien importante, porque al entrar sólo les faltaba hacernos reverencias. Hubo un momento de tensión, cuando me pidieron, eso sí, que abriera la mochila: el machaca forzudo vio asomar al Perropaco y, para mi sorpresa, mientras la Vero me decía: "Te lo dije, que eres imbécil, pa qué te traes al sucio chucho", el forzudo dijo: "¡Coño, el Perropaco!" Resulta que era un lector de Sanchiguarro y el tío se emocionó y todo. El Perropaco estaba de lo más orgulloso, al sentirse famoso. Nos dejaron entrar hasta el camerino, que realmente era un autocar, y allí estaba el viejo Bob con su cara de mala leche, su sombrero negro y sus ojos azules de pistolero del viejo oeste. La Vero dijo: "Pos anda, han dejao entrar aquí al viejo guarro ese". "¡Calla Vero, que es el Dylan". El tío la miró con odio, luego le miró las tetas, miró de reojo al Perropaco, le hizo un guiño y acto seguido tiró para el escenario y empezó a cantar. Justo entonces vino Amaral, y la Vero la reconoció: ¡"Es la Amaral, Pepo, la Amaral!" Calla Vero, que es que era la telonera. Manda huevos, ser una leyenda del folk rock para que luego sea más importante una cantante baturra con cara de extraterrestre. La Vero salió de allí con un autógrafo y fuimos al concierto, al mismísimo puto backstage. Primer comentario de la Vero: "El viejo guarro ese se podía sonar los mocos antes de salir a cantar, vamos digo yo". Vero, calla, que él canta así. "Y no se entiende na, anda vámonos pa casa". A los diez minutos salí de allí y cuando se me ocurrió medio-pararme a ver unas camisetas de la gira europea de Dylan, la Vero sin mediar palabra me empujó con las caderas. Eso sí, me he comprado un recopilatorio y se lo pongo al Perropaco cuando me sale de la polla. En ki Discman mando yo, coño.
"Pepo, eres surnormal, y sin en cambio te quiero". Con eso está todo dicho, ¿o no? La Vero es así, espontánea. Yo también la quiero, y por eso los dos llevamos esa gruesa esclava de plata con los nombres grabados. Adoro cuando me hace esos riñoncitos al hhheré que son para chuparse los dedos. Adoro cuando me prepara esas criadillas con perehí. Y esos champis al ahhiyo. Pero sobre todo, adoro sus tetas. Los antiguos adoraban el sol, pues yo adoro esos dos soles que me ciegan la vista y el entendimiento. Francamente, la Vero jamás ha leído ningún libro aparte de los de Gala, pero sus tetas lo compensan. Sé que alguien con estudios como yo debería tener aspiraciones más altas, exigencias más espirituales, sensibilidades más sutiles. Tetas. Tetas. Tetas. Y aparte de eso, sólo una cosa: tetas. Como dice un amigo mío, "con esas tetas me terminaba de criar yo".
Antiguamente, los pobres no llevaban traje, porque trabajaban en cosas manuales. Actualmente, los pobres llevamos traje. Antes se veía si alguien era paria viendo su dentadura, ahora basta con mirar si su chaqueta forma una pequeña arruga a la altura de la nuca: traje barato de la peor especie. Los ricos llevan trajes perfectamente cortados que no forman esa arruga, pero los pringaos evidenciamos así nuestra triste condición. Es como un estigma de nuestra baja estopa. Yo creo que ese doblez es un vestigio de la horca y los ajusticiamientos de antaño, siempre dirigidos a los más parias de la sociedad, con excepción hecha de la Revolución Francesa y la invención de la guillotina. Propongo que todos los vecinos de Sanchiguarro recortemos nuestros dobleces y cosamos una alfombra para cuando nos entreguen el piso, desfilar por ella orgullosos y contentos.
Hoy iba en el Metro (uno de verdad, no el chiquitrén que nos van a poner en Sanchi) y de pronto una pareja se ha dirigido a mi y me ha dicho que si me importaba cambiarme a otro sitio para ponerse ellos dos juntos. Me he sentido como un Rodolfo de la vida. Bueno, no sé por qué debía hacerlo, pero tampoco sé por qué iba a oponerme. Me he levantado y ellos se han sentado. Gracias a ello, han podido mantener una conversación de lo más profunda: antes de esa conversación la Humanidad subsistía atribulada por conflictos existenciales irresolubles absolutamente disipados tras dicha conversación. Ahí no ha quedado la cosa. Unas paradas después, yo mismo he llevado la iniciativa y le he dicho a otra pareja que se sentara junta donde yo, que había dos sitios seguidos, y yo me cambiaba a otro. Me han dado las gracias algo extrañados. Acto seguido, le he dicho a un señor con mostacho que si no le importaba dejar su asiento a otra pareja, esta vez gay, y que él se sentara en otro sitio. Luego, he mirado a una chica fondona que había en un extremo leyendo "El Código Da Vinci" y a un paleto que había en el otro y he pensado: "Qué buena pareja hacen". Les he sentado juntos. Así he seguido creando muchas parejas, como si fuera la secta Moon esa que casa a miles de parejas de desconocidos en estadios de fútbol. Es el amor. Es la demencia. Son mis huevos rebosantes de amor que me están perturbando la mente.