domingo

El Gayolo ya vive en MI casa con la Vero

Y no me importa. Lo bueno de aquí arriba es que no se rabia. De hecho, me da risa. El tío se trasladado este mismo sábado, y el domingo aprovecharon los dos para ir a hablar con el párraco para pedir fecha para la boda. Es la leche: ninguno de los dos va a Misa desde hace veinte años y ahora se van a casar por la Iglesia. Y además viven juntos, es increíble. Para las paletas españolas es irrenunciable lo de vestirse de blanco. Me imagino a el Gayolo con su pendiente de aro, su cabeza pequeña y brutal, su perilla mostoleña y su frac hortera rodeado de sus amigos orcos vociferando a la puerta de la Iglesia de Parla, eso va a ser un espectáculo. Los salones Diamond Paradise ya están fabricando las palanganas de salsa rosa, la crema de nécoras mutantes y los puros con una vitola que dice "Hugo y Verónica" (el Gayolo se llama Hugo). Estoy siguiendo con mucha atención este proceso, y debo confesar que al volver de la Iglesia, el Gayolo ha puesto un CD de La Mala Rodríguez y se han apareado como si estuvieran poseídos. El Perropaco daba saltos de alucine al ver esas salvajes embestidas, esas posturas culturistas y esos gemidos veronianos. Por favor, ¡dejad algo para la noche de bodas!

jueves

Babita de Ángel (Las gracietas del niño-sapo)

Desde mi retiro celestial escuché ayer una conversación que se desarrolló en el restaurante del Hipercor de Sanchiguarro. Una joven madre sanchiguarra, con un hijo que parecía un sapo, para ser sinceros, estaba comiendo con su marido pepudo, es decir, un trasunto de mí mismo con cara de estar hasta la polla de todo. En esas, el niño-sapo quería comerse cosas del plato del quemao, que no parecía disfrutar mucho de su paternidad ni de su aparejamiento. La madre paleta le echa mano a un muslo de pollo ante la mirada atónita e impotente. El niño-sapo chupó el muslo, escupió en el muslo, prácticamente potó y cagó en el muslo. Hecha la gracia del niño-sapo, la madre vuelve a depositar el muslo en el plato del peposo, que ya no quiere comérselo. Le han jodido el almuerzo. La pepona le obliga a comérselo. Él no quiere. Ella pronuncia la frase estrella de la semana: "
¡Pero si es babita de ángel!"
Desde aquí arriba debemos decir que las flemas pastosas de los bebés no son consideradas un placer culinario, señora. Esa buena mujer estaba que se salía con su pisito rabolarizado, su esclavo humano y su retoño cagón. ¿Pa qué mas? Eso digo yo, ¿pa qué más?

sábado

Ese sobaquillo amable y dulzón

Esa ciudad de provincias donde la gente no se va a casa, sino que se recoge. Esa tienda de ropa joven, sí, ropa joven, donde trabaja una chica monilla y un gallufante pubescente que abusa de sí mismo con desmedida saña. Ese jersey de fibra artificiosa que transpira menos que una bolsa de Caprabo. Ese olor dulzón y amable a sobaquillo aromatizado que no se huele con la nariz, sino con el alma, como un saquito de pimentón o una hogaza de pan de nuestra infancia garciana. Ese tufillo que no es el olor a cebolleta ranchera de la Vero en los granados días del turbio fluir, pero sí esa fragancia a sobaquina apenas apresada por un desodorante renunción. Como dijera Francoise Dolto, "los desodorantes fueron creados para que no se genere la tentación del coito en un contexto en el que, como el de los transportes públicos, el cuerpo no parece sujeto a las decisiones del espíritu". Esta Josefina nuestra ajetreada, ese local pequeño y sin ventanas, ese nabo duro cual canto de pedernal de La Cabrera. Ese rabo humano martirizado y atribulado por feronomas implacables. Esa escena costumbrista que yo os he querido trasladar desde mi retiro celestial.

Se puede caer más bajo, pero no se puede decir más claro